Cuando Juanjo me propone hacer la crónica de este viaje mi primera reacción fue decirle: “no seré imparcial, se notará que soy de allí”, a lo que me respondió que de eso se trataba, de dejar translucir pasión. Y ya no me pude negar.

Pues bien, el viernes día 15 a las 9 de la mañana estábamos todos en el lugar habitual dispuestos a pasar tres días de confraternidad y relajo, pero también con deseo de conocer y asombrarnos.

La hora tan temprana se la debimos a Alfonso que se empeñó en que teníamos que ir a Valeria y ver lo que allí se esconde. Y… fue un acierto.

He tenido que esperar 67 años para ver y conocer “las ruinas romanas de Valeria” y no sólo eso sino la importancia de este enclave, maravilloso, en la historia hispano-romana y en la cristiana posterior. Como muestra decir que la sede episcopal estuvo enclavada allí durante cuatro siglos hasta establecerse en Cuenca.

Luego comida en Valverde, con platos típicos de la zona y rematada con unas magníficas milhojas recién hechas, a las que di el calificativo “de monja”, que es el que uso cuando quiero expresar que un dulce es especial.

y… allá a media tarde, Cuenca ciudad.

Esta vez soy yo la que convenzo al grupo que la parte alta hay que verla de noche. Así que subimos, en el bus urbano, hasta la Catedral.

El ocaso y el encendido de las primeras luces nos sorprende en el mirador que hay al lado de la casa que fue de Jose Luis Perales y hoy convertida en Figón. Preciosas vistas de la Hoz del Huécar, Puente San Pablo (sin el de) y Convento e Iglesia de los Paules y parador desde 1993.

Seguimos con el paseo: Plaza Mayor (la Catedral la veremos el domingo), Palacio Episcopal, barrio de San Martín con sus rascacielos y, por fin, las tan ansiadas Casas Colgadas (que no colgantes).

Noche cerrada. Cruzamos el Puente San Pablo para ir al Parador. Desde allí la vista de la ciudad que cuelga sobre la Hoz es indecible. Se me ocurren adjetivos como impresionante, imponente, sobrecogedora…, MÁGICA.

Después de tantos años no deja de sorprenderme.

El Parador precioso y acogedor.

Y ya cansados volvemos al hotel, hay que cenar. Nos acostamos pronto, mañana nos espera un día duro.

El sábado pasamos el día por la Serranía conquense. Primera parada: La Ciudad Encantada. Allí nos encontramos a los “amantes de Teruel”, “3 barcos transatlánticos”, “Tormos”, un “puente romano” y multitud de animales: “cocodrilos”, “osos”, “tortugas”, “hipopótamos”, “perros”,,, Todo esto y/o lo que nos venga en gana, porque, como dice Leticia (con c), la guapa guía, a Cuenca se viene a imaginar y a soñar.

Seguimos ruta: Uña, con su laguna y sus buitreras, el pantano de la Toba (donde duermen su sueño eterno mis amigos del alma Carmina y Alberto), Tragacete y El Cuervo.

Después de una copiosa comida al amor de la lumbre de las chimeneas vamos caminando a las cascadas del Río Cuervo. Bonitas, bonitas. No podemos subir más porque el mal tiempo de semanas anteriores ha causado desprendimientos y el Seprona ha vallado. Además, dice Leticia, al río, que antes surgía de una roca, le ha dado por surgir de la escalinata que asciende. ¡Caprichos de la Naturaleza!

Ya anocheciendo, y tras una breve parada en el Ventano del Diablo; llegamos al hotel. Unos vamos a ver a la familia, otros a descansar y otros a Misa o a tomar unas cañas con sus tapas (Cuenca está muy bien surtida de iglesias y bares).

Esta noche, sí. Después de cenar nos dejan un sitio donde reunirnos a cantar,  a declamar y a reírnos. Las 12, a dormir.

El domingo nos sorprende con un incendio en el hotel, toca evacuar. Mal comienzo. Pero nos sobreponemos y seguimos con el programa. Hoy toca visita guiada a la parte alta de la ciudad. Cristina, la guía, hace ir al autobús por la “ruta turística”. Me alegro porque es una preciosidad. Otra vez vistas panorámicas de ensueño. Y luego, ya a pie: El Castillo, las dos hoces, Convento de las Carmelitas… y, por fin, La Catedral.

Cristina, que sabe muchísimo de Cuenca y se la nota entusiasta, se alarga demasiado en las explicaciones y a nosotros se nos ve cansados y tal vez saturados. Pero gracias a ella me entero que la girola de la Catedral es anchísima, a imagen de aquellas a dónde llegan peregrinaciones (que no es el caso), que el Arco Jamete se asemeja más a un arco de triunfo que a uno propio de un edificio religioso, del significado de las sorprendentes vidrieras encargadas a artistas contemporáneos o de que en el siglo XV y XVI las mujeres que quedaban viudas y que no tenían hijos ni recursos, se encerraban de por vida en unos habitáculos existentes en la Catedral y solo salían a pedir para sobrevivir, y que se han encontrado algunos de sus esqueletos y restos.

En fin, no me alargo más. Un fin de semana estupendo. Con alguna “sombra», como el susto por el incendio o el traspiés de Yoyes que le ha costado una fractura, una escayola y 30 días sin poder andar.

Pero con muchas “luces”.

Lo mejor (como dice Joaquín, mi marido), la “compañía”, el buen talante y mejor humor de todos, la disposición de nuestros cónyuges y amigos que no siendo del coro ya forman parte de esta familia y, sobre todo, la impecable organización que ha hecho tan fácil el viaje. ¡Gracias Jorge, Yoyes, de todo corazón!

Ah…! Y el tiempo tan excelente que nos ha acompañado en todo el viaje.

¡Hasta el próximo, amigos!

 

Charo de Diego. Febrero de 2019

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