Esta es la tercera novela de la saga “Falcó” y, de momento, parece que es la última. En declaraciones del autor, parece que no piensa  continuar salvo que las circunstancias así lo exijan, aunque habrían de exigirlo mucho.

En esta novela el personaje Falcó ha de llevar a cabo un doble cometido: neutralizar a un agente propagandístico republicano  y acabar con el cuadro “Guernica” de Picasso. Para lo primero ha de desprestigiar de tal forma  a ese agente que todos los estados, que observan e intervienen clara o solapadamente en la contienda española, lo vean como agente doble y, por tanto, todos desconfíen de él. Con respecto al segundo encargo debe anular el cuadro de forma que no pueda ser presentado en la Exposición Universal de París y que el pabellón republicano quede mermado, cojo, endeble y la República pierda fuerza en su petición de ayuda internacional o no consiga el apoyo internacional para seguir en la guerra civil, lo que se traducirá en posibilidades de victoria para el bando nacional fascista.

Mientras la guerra civil sigue en España, la gente pudiente de la Europa prebélica se lo pasa la mar de bien aunque ya se adivinan los primeros nubarrones de la terrorífica tormenta que se avecina. Es París el escenario perfecto para el ambiente de la novela: un ambiente alegre de cabarets que cubre el mundo de la intriga que circula por sus personajes.

La presente novela, en comparación con las dos anteriores, resulta un poco pesada: quizá le falta un poco más de acción, claro que el tema de ambos encargos reside más en el mundo de la sicología que en el de la acción misma. Los personajes se mueven en el mundo del disimulo, porque todos ellos han de representar un papel en una obra de teatro que se va construyendo  con el desarrollo de la acción Todos mienten y todos dicen una verdad que no es tal porque el fin que persiguen no puede salir a la luz hasta el último momento y entonces ya será tarde para rectificar.

– ¿No hay acción?- puede preguntarse el posible lector.

– Sí, pero poco en comparación con el volumen de la novela.

Claro que la pluma de Pérez Reverte consigue amenizar lo que en realidad es el espionaje: algo muy aburrido durante mucho tiempo y que en breves momentos obtiene los apetecidos frutos. Para que el lector no se sienta atraído por la idea de abandonar la novela, el autor, de tarde en tarde, le regala una página un poco subida de tono. Consigue así dibujar una panorámica del otro “frente” en el que se luchó durante la guerra civil que se combina con el tan español “cambio de chaqueta” que enlaza con las depuraciones estalinistas  en la entonces Unión Soviética.

El lector, creo, que no se aburrirá a pesar del tono pausado de la novela.

Que usted se lo lea bien dando la bienvenida a 2019.

Juan J. Calvo Almeida.

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