La película nos retrotrae a los años previos a la Segunda Guerra Mundial, en un ambiente científico en el que se cruza la acción del espionaje de los dos mundos ya antagónicos, que protagonizarán la mayor parte del S. XX y que siguen dándose empujones  en cada suceso, conflicto o guerra del siglo presente.

La mayor parte de la película recae sobre el elemento femenino en dos momentos de la vida de una misma persona: en su juventud, cuando ocurren los hechos que se narran, y en la actualidad, momento desde el que se narran los sucesos. De ahí la doble cara que se presenta en el cartel anunciador.

La película nos enfrenta a un problema moral y político que tuvo que dilucidar la protagonista real, no un James Bond ficticio. Quien presenta el problema en su momento es la misma persona que ha de enfrentarse al gravísimo problema que supuso para el mundo (y más para Europa por la proximidad geográfica) la carrera armamentística entre las dos principales potencias y ambas vencedoras de aquella gran catástrofe llamada Segunda Guerra Mundial.

La protagonista intuye lo que se viene encima y aquella joven ha de tomar una decisión que en un primer momento puede parecer una traición a los suyos, al equipo de científicos y a su país. Decide provocar un empate y, a lo largo de los años, el ciudadano y espectador entiende que fue una decisión valiente y válida. Casi setenta y cinco años después ninguna de las dos potencias, armadas hasta los dientes como están, ha decidido utilizar de nuevo la “solución final”, dado el horror que supuso para los eternos rivales la experiencia de Hiroshima y Nagasaki.

A mi modesto entender, ésta va a ser una de esas películas que pesen a la hora de la entrega de los “oscars” del próximo año. La interpretación y el guion, creo que serán los puntales en los que se apoyen quienes la presenten a tan prestigiosos premios.

El espectador sale de la sala con el convencimiento de que cualquier “salvador” del mundo puede apretar, en un momento de “lucidez mental”, ese famoso botón que… pero eso ya es otra historia y no la que nos ocupa.

Que usted la disfrute.

 

Juan J. Calvo Almeida.

 

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