Desgraciadamente no son frecuentes en la pantalla, películas  españolas con calidad, fuerza y garra. Pues bien, estamos ante una de ellas. Una película que sin pretenderlo  enseña más de lo que en principio se propuso, o al menos así parece a mi modesto entender.

Se trata de la búsqueda de un chico que huye de un cortijo. No sabemos por qué, pero tampoco importa mucho. Una huida a través de unas soledades  aterradoras, un desierto humano y también geográfico y físico. En esta huida le ayuda un pastor trashumante, hombre avezado en aquellas soledades y con un historial a sus espaldas; con su ayuda, el muchacho logrará su objetivo: marchar a la ciudad.

Por el medio queda una lucha sorda, una persecución implacable por parte del capataz del cortijo donde residía el muchacho. Una persecución y unas escenas tan duras como el paisaje que las envuelve. Y frente a esas escenas, otras de signo totalmente opuesto: comprensión, diálogo, amistad…escenas compartidas con el pastor. La cinta alterna momentos de  gran tensión emocional, de ternura infinita, con otras de crueldad absoluta o total.

La presión del capataz sobre los trabajadores del cortijo y sobre la familia del chico nos desvela la tristísima realidad de los braceros del cortijo y del mundo rural años después del fin de nuestra guerra civil.

Por qué se escapa el chico, por qué se quiere ir a la ciudad; es algo que se deduce del contexto pero que importa poco una vez que se ha puesto en marcha, que inicia la huida.

Qué pasa después, es algo que tampoco importa, porque lo que de verdad atrapa al espectador es la relación entre el chico, el pastor, el capataz y sus secuaces. Esa relación es toda una carrera de obstáculos a batir según van apareciendo en el desarrollo de la película y que el espectador no llega a intuir ni a sospechar.

Hay momentos que recuerdan al western (por el desierto, la persecución) mientras que en otros es “La carretera” de Corman Mc Carthy (porque no hay nada antes ni después de lo que se narra y por ese paisaje vacío).

Arriesgándonos mucho podemos hablar de simbología: ese desierto estepario y transformado en un espartizal vendría a representar la España que quedó tras la contienda; los perseguidores vendrían a ser los vencedores y el pastor, los vencidos; el chico podría representar el deseo de dejar atrás una realidad que no gusta. Una interpretación, que es la mía, y que no es preciso que sea la del resto de los mortales. De lo que sí estoy seguro es de que nadie va a quedase indiferente y nadie va a poner en duda el valor interpretativo de los actores, sobre todo los tres principales (Luis Tosar, Luis Callejo y Jaime López – el chico -). No creo que nadie vaya a aburrirse y menos que dé una cabezada.

Jaime López me recuerda, por la calidad interpretativa, a otro chico, y hoy gran actor, llamado Jorge Sanz en aquella magnífica película con Anthony Quinn “La Crónica del Alba” rodada en Albarracín. Creo que este chico puede llegar muy lejos porque tiene madera de actor.

El guion ha salido de la novela del mismo título de Jesús Carrasco. Habrá que leérsela aunque sólo sea por aquello de que la novela está mejor que la película.

Amigo lector de estas líneas, dale un vistazo a la cartelera y elige sala y hora.

Juan J. Calvo Almeida.

 

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