En el artículo  anterior nos habíamos quedado hablando de la detención de Fray Luis por parte de la Inquisición y los motivos y acusaciones pertinentes.

Así pues, en marzo 1572 es trasladado de Salamanca a la cárcel inquisitorial de Valladolid. Durante aquellos casi cinco infortunados años, Fray Luis no estuvo totalmente solo; tuvo el apoyo del doctor en leyes Ortiz de Funes, su abogado defensor. Pero fue un tiempo muy amargo temiéndose en todo momento lo peor para su persona. Además del abogado le ayudaron mucho los libros, tanto de carácter religioso (Biblia) como las obras clásicas de Horacio, Virgilio, Píndaro… Ocupa su tiempo no en escribir poesía, que suele decirse en multitud de ocasiones y cosa totalmente falsa. ¡Para poesías estaría él! Escribe tesis (textos de argumentación) de carácter teológico que apoyen su postura ante las acusaciones y sirvan a la defensa de su causa.

A veces pasa hambre, porque el encargado de su manutención se olvida de llevarle la comida. No dispone de un médico (parece que sufría del corazón) y hasta el papel lo tenía tasado. Es en aquellos momentos de soledad y sintiéndose abandonado por todos, es cuando se inspira en Job, sintiéndose como el personaje bíblico, y sobre cuyo libro empieza a trabajar. Pero también tiene tiempo para escribir textos contra la lentitud burocrática (querido Fray Luis, cinco siglos después seguimos en las mismas), la maldad de sus acusadores, la envidia y la mentira.

Vienen aquí muy bien unos versos suyos “A la salida de la cárcel”:

“Aquí la envidia y mentira / me tuvieron encerrado. / Dichoso el humilde estado / del sabio que se retira / de aqueste mundo malvado, / y con pobre mesa y casa / en el campo deleitoso / con solo Dios se compara / y a solas su vida pasa / ni envidiado ni envidioso”. 

Autores hay que dicen que dejó estos versos escritos en la pared de la celda. No es  cierto. Lo más seguro es que fueran escritos posteriormente.

Por fin sale absuelto tras casi cinco años de prisión.  Es diciembre de 1.576 cuando es  puesto en libertad. Sus enemigos no habían conseguido otra cosa que robustecer la fuerza de su espíritu y su energía moral. Nunca se había sentido tan seguro de sí mismo y ninguna de sus opiniones había cambiado: siguió defendiendo sus tesis  con tanto o mayor ardor que antes. Este estado se refleja y se resume en unos versos de  la oda a Felipe Ruiz:

“Bien como la ñudosa / carrasca en alto risco desmochada / con hacha poderosa, / del ser despedazada / del hierro, torna rica y esforzada; / querrás humilde, y crece / mayor que de primero: y si porfía / la lucha, más florece; / y firme al suelo envía/ al que vencedor ya se tenía.”

Esta escena del hacha cortando la rama de la encina se transformará en un dibujo que será el anagrama que presida todas y cada una de sus obras al ser editadas. Porque es ahora cuando van apareciendo las obras en prosa o verso salidas de su prodigiosa imaginación y de su exuberante cultura.

Pero no adelantemos acontecimientos. Sale de la cárcel, es repuesto en su cátedra, pero ésta está ocupada por otro profesor. Fray Luis prefiere que siga quien detenta ahora su catedra. La Universidad le ofrece la de Teología Escolástica. Al iniciarse las clases, es cuando pronuncia la famosa frase “Decíamos ayer…” como si no hubiera pasado nada. Fray Luis tiene 49-50 años.

¿Pero qué había pasado con sus compañeros de infortunio? Martínez Cantalapiedra saldrá también absuelto al año siguiente, poco después de Fray Luis; Gaspar de Grajal tuvo peor suerte: Fallece en la cárcel y su proceso siguió adelante y es absuelto (1.578) aunque había fallecido dos años antes. En este año el eximio agustino alcanza la cátedra de Filosofía Moral y al año siguiente, por fin, logra la cátedra de Sagrada Escritura, aquélla que le birlara su amigo Gaspar Grajal. Ésta fue una oposición realmente dura pues hubo de enfrentarse a Fray Domingo de Guzmán, dominico y nada menos que sobrino de Garcilaso de la Vega.

Durante los años ochenta Fray Luis se dedica a una intensa actividad docente así como a la publicación de sus obras en verso y prosa. Pero dada su alta cualificación  como profesor y su altísima personalidad, la Universidad le destina a otros menesteres relacionados con la docencia pero fuera de las aulas: reforma de los estudios de Gramática, reforma del calendario, pleito sobre Colegios Mayores (lo que le lleva a entrevistarse por segunda vez con Felipe II), censura de libros y un largo etc.

Gracias a esta actividad extradocente conoce a Ana de Jesús, superiora general de las Carmelitas Descalzas y sucesora de Sta. Teresa, quien le encarga hacerse cargo de los “papeles” de la santa, tarea que culmina con la primera edición de las obras completas de la santa de Ávila. Fueron publicadas  en 1588 en Salamanca por el editor Guillermo Foquel, quien editaba ya las obras de Fray Luis. Éste cuenta 61 años en ese momento.

Tres años después acude a Madrigal de las Altas Torres donde los agustinos se reúnen para elegir un nuevo provincial. El 14 de Agosto recae el cargo en la persona de Fray Luis.

Su salud ya no es buena y nueve días después (23 del mismo mes) fallece en el mismo Madrigal. El 24 llega el féretro a Salamanca y el 25 es enterrado con todos los honores universitarios en el claustro del convento de S. Pedro de la Orden de S. Agustín. Este edificio sufrió verdaderos estragos durante la Guerra de la independencia, fue abandonado dado su mal estado y terminó siendo una ruina. La demolición se  avecinaba y la Universidad decidió exhumar los restos de Fray Luis. Era marzo de 1.856. En solemne procesión fue llevado el féretro con los restos del egregio profesor a la catedral donde se dispusieron las exequias pertinentes. Luego, la comitiva se dirigió a la Universidad y sus restos fueron inhumados en la capilla de S. Jerónimo. Sobre el féretro se había depositado las insignias doctorales, una corona de laurel, un tintero y el manuscrito autógrafo Exposición sobre el libro de Job que había sido terminado un par de días antes de su muerte.

En 1.869 se inauguró el mausoleo de la capilla y la estatua en bronce, obra de Nicasio Sevilla, que preside el patio de las Escuelas Menores y frente a la plateresca fachada de la Universidad.

Juan J. Calvo Almeida

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