Para las niñas del Orfelinato Divina Providencia de Abancay.

Que la Madre Doris se lo lea con el mismo amor que está escrito.

Entre los verdes e inhiestos  cañaverales de la Alfubera, cuando apenas los primeros rayos del sol iluminaban las tranquilas agua del lago de agua dulce, nació Tuc. Sus papás – papá Tic y mamá Tac – se sintieron muy felices al contemplar su nueva camada de muy variados colores. Tuc y sus hermanitos muy rápidamente conocieron todos los recovecos del lago donde podían nadar tranquilamente y divertirse sin temor a nada ni a nadie.

Muy pronto, Tuc dio señales inequívocas de su talento y los sicólogos del Duc’s Garden, que estaba ubicado al otro lado de la parte del lago donde ellos vivían, aconsejaron a sus padres que le permitieran asistir a cursos para super-dotados donde igualmente Tuc dejó evidencias de su capacidad intelectual.

Una mañana no pudo ir al colegio porque el viento agitaba peligrosamente las aguas del lago y se quedó tranquilamente entre los cañaverales jugando con sus hermanos y cantando alocadamente Jingles Bells, el villancico que había aprendido el día anterior en su colegio.

Cuando el sol doraba con sus colores maravillosos las aguas de La Albufera Tuc se fue a dormir y en el momento en el que  en el lago reinaba el más profundo silencio y las estrellas del cielo se bañaban silenciosamente entre las aguas del lago, Tuc escuchó – bueno, no se sabe si fue un sueño o un mensaje urgente – una voz que le susurraba quedamente y le ocultaba entre su plumaje un mensaje cifrado. Sin dudarlo y sin hacer ruido para no despertar a nadie del cañaveral se escabulló entre las cañas y emprendió el camino hacia tierras y mares desconocidos.

Recordaba perfectamente todos los pasos que tenía que dar, todos los enlaces que tenía que tramitar y un sinfín de detalles que no merece la pena enumerar ahora.

Tras varias semanas de aventuras sin fin llegó a Lima. Aquella mañana cuando entró en un taberna, buscó una mesa vacía, echó las manos a su cabeza y con un aire de fracasado total se sentó lloroso. Tal era su aspecto que llamó, desde el primer momento de su entrada, la atención del camarero y acercándose a él con su suave acento limeño le dijo:

  • ¿Qué va a tomar, Señor?
  • Un pisco sour bien cargado . respondió Tuc con voz cansina -.

Al escuchar aquella voz cascada, semicortada, amargada y triste, el camarero no pudo reprimirse y le preguntó:

  • ¿Le pasa algo, Señor?

Tuc levantó su cabeza y le respondió tras un prolongado silencio.

  • Me pasa mucho. Pero a Vd. no le importa nada lo que a mí me pasa.
  • Por favor, no he querido ofenderle, – le respondió el camarero – porque quien sabe si yo puedo ayudarle en algo si está en mi manos.

Tuc le volvió a mirar y vió en sus ojos algún destello extraño y le contó toda su misión y sobre todo, le detalló que no tenía la plata para pagar lo que le pedían las mafias para acercarle hasta el Apurinac y concretamente hasta Abancay.

El camarero le volvió a mirar con ternura y dirigiéndose a  la caja recogió dinero, lo puso en un sobre asegurándose de que era más que suficiente para llegar hasta Abancay y se lo entregó a Tuc.

Tuc dejó sobre la mesa el pisco sour y salió alocadamente, casi sin dar las gracias a su mecenas desconocido. Era la víspera de Navidad y tenía que entregar el mensaje cifrado a las puertas del Orfelinato Divina Providencia  antes del amanecer.

Llegó agotado al anochecer cuando la noche era íntima y solo se oia el canto melífluo de alguna ave nocturan. Dejó el mensaje cifrado en el lugar indicado y se retiró a descansar.

A la mañana siguiente, la Hermana portera, abrió la puerta, vió el mensaje y corrió a entregárselo a la Madre Doris que lo abrió pausadamente entre sonrisa y sonrisa y ante el nerviosismo de la Hermana portera.

Tras abrirlo se lo enseñó y la Hermana dijo:

  • Solo tiene corazones y caras sonriendo. Y eso, Madre, ¿que quiere decir? o es una broma de mal gusto.
  • ¿No le entiende, Hermana? Es muy fácil de traducir. Dice: Paz, amor, paz, amor

La Madre Doris sonrió de nuevo, guardó el mensaje y ordenó que tocaran la campana para la oración.

Un buen día Tuc volvió a aparecer por la Albufera nadando por entre los cañaverales. Y cantaba:

“Al Niño Dios le llevamos

Un ponchito de color,

Un chuyito muy serrano,

Zapatitos de algodón.

A la Virgen la llevamos

Un mantón abrigador

A San José un quena

Un  charango y un bombó.

 

Era el villancico oyó cantar a las Niñas del Orfelinato de la Divina Providencia y que Tuc había aprendido escondido en algún rincón de una pequeña capilla de Abancay.

Juan José Davalillo

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