LA HUCHA
    Lo vi por la tele el otro día, en plenas fiestas de Navidad; resulta ser que un banco intenta conseguir liquidez, a base de captar el ahorro de las huchas de los niños. Cómo tiene que estar la cosa para que se interesen, no ya por los agraciados con “el gordo”, sino incluso por las estrenas de los nanos. 
    Mi padre hizo una para cada hermano. Un pedazo de tablero y engrudo a base de harina y agua caliente, a modo de cola de carpintero, que él mismo fabricó, fueron los materiales con los que construyó el paralelepípedo. En una de las caras practicó una ranura e introdujo la primera peseta. Recuerdo que para darles más postín, las forró con un retal de tapicería, una especie de escay con un acabado rugosito que entonces empezaba a ponerse de moda. Lo que no recuerdo es como acabó la cosa de la hucha pero, teniendo en cuenta que en aquellos tiempos no sujetábamos a los canes con ristras de embutido, debió tener una vida efímera, de manera que mi recuerdo de la hucha es más como objeto en sí mismo, que como contenedor para el dinero. 
    Durante los últimos años, sí que hemos estado atando a los perros con longanizas y otros embutidos y otros embutidos variados aunque, al parecer, las longanizas se compraban “al fiao” y ahora va y resulta que nos enteramos de que, desde hace tiempo no se pagaba al carnicero el cual, finalmente, ha tenido que cerrar la carnicería, porque como no podía pagar al matadero, ya no le servían más canales, porque al no poder este pagar  al ganadero, ya no le suministraban más animales, porque este ya no puede pagar al fabricante del pienso, que dice que no puede servirle más alimento para las bestias porque no puede pagar al agricultor que le sirve el cereal, que dice que no puede servirle más grano porque no puede pagar el combustible para el tractor…
    Parece ser, además, que no todas las longanizas se usaban para tan untuosa y suntuosa sujeción, sino que una parte, transmutada en chorizo, se desviaba para consumo propio de algunos de los intervinientes en la distribución, hasta el punto de que, como dice una acertada frase popular: ya no queda pan para tanto chorizo. Asistimos perplejos a un espectáculo lamentable, tanto desde la ética como desde la estética, que ya no sé qué escandaliza más, mientras mucha gente hace ya tiempo que tuvo que romper la hucha, que había llenado durante años, para ir tirando mientras esto se arregla, porque algún día se arreglará.
    Sin embargo, tengo para mí, que no es chorizo todo lo que parece. Me explico: un buen amigo que ha trabajado durante muchos años en el sector de la construcción, me hace una reflexión que parece que tiene verosimilitud, al menos así lo veo yo. Me cuenta mi amigo que durante estos años de desmadre inmobiliario, en muchas ocasiones ha visto como se trata poco menos que de delincuentes a los promotores de viviendas por los precios abusivos que cobraban por su producto -las casas- cuando estos profesionales de la promoción, una vez acabada un edificio, tenían que invertir mucho más dinero para comprar el siguiente solar y poder seguir trabajando, de manera que el precio de venta de las viviendas debía tener en cuenta esa característica del mercado del suelo.   Sin embargo nadie cuestiona a los especuladores que, con una mínima inversión, compraban viviendas y las revendían, obteniendo un beneficio que podía rondar perfectamente el 100% de la inversión, con lo que han llenado sus huchas en un tiempo récord. Por no hablar de los propietarios de viviendas antiguas que descaradamente las ponían a la venta por unos precios inimaginables hasta hace pocos años.
    Todo esto es un lío; yo sólo quería recordar la hucha que me hizo mi padre, que me ha traído a la memoria la patética estrategia de una entidad bancaria.  

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