PÁNICO
            A duras penas puedo entrever a la señorita en un bosque de cabezas ornadas de inútil cabello. Y el calor. Al principio no lo noto como es normal en la fase actual de mi metabolismo. Cada nueva canción ensayada mejora a la anterior en lo mal que sale. Nunca he visto a la señorita tan enfadada. Acabo sufriendo como todo el mundo pero no quiero reconocerlo ni abanicarme para no contribuir a la histeria colectiva.  Ni siquiera cuando en los ensayos amenaza con abandonar harta de comentarios se la ve tan cabreada. No intenta corregir los errores. Todo es un puro error. Qué calor. Los recortes. No se trata de los defectos de siempre. Los tenores haciendo las entradas de las sopranos y viceversa. Acaba el ensayo. Busco un retiro solitario detrás del escenario y cerca de la puerta por si acaso. Repaso las letras. También las entradas. Los silencios. El pánico se apodera de mí. No comprendo qué está pasando. Tengo la tentación de decir que me ha dado un dolor de cabeza insoportable y salir huyendo. Piezas ensayadas un montón de veces y cantadas en anteriores certámenes parecen inéditas. Ahí estamos a menos de una hora para salir. Da igual que el público sea generoso y comprensivo. Hay que hacerlo bien. Si sale mal una vez costará recuperar la confianza. Suena melodiosa la coral invitada con el aderezo del piano. Nosotros no tenemos piano esta vez. Los recortes. Llega nuestro turno. No me he atrevido a huir. La primera O voso galo comadre sale bien. El programa es sencillo y entretenido. Cada canción cantada correctamente incrementa nuestra confianza. La señorita se relaja. Se atreve a pedirnos matices en la melodía. Obedecemos. Tacho en un muro imaginario cada pieza liquidada. Ya queda menos. Nunca lo había pasado tan mal. Acabamos el programa sin errores de bulto. Qué alivio.

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