ALOPECIA MENTAL

    Aparece el number one: Pelo canoso, sonriente, dentadura perfecta. A su lado, un paso retrasado, su “alter ego”, un tipo con gafas de pasta y una severa y hermosa alopecia androgenética. Ambos elementos: gafas y calva pretenden transmitir la imagen subliminal de la inteligencia que asiste al presidente. Se trata de una imagen de película bastante manida. Aquí, en “estepaís”  Adolfo Suarez y Fernando Abril, eran el paradigma perfecto de esa imagen, pero la verdad es que Mariano no se parece nada a Bill y menos aún a  John. Sin embargo, para compensar, tiene repe al tipo de atrás, del que cuenta con varios clones: Montoro, De Guindos, Whert. ¿Servirá para algo tanta abundancia de carencia capilar? ¡Dios lo quiera! para bien de todos.
    Siempre hay quien está dispuesto a creerse lo que le digan, algunas  buenas gentes llegan incluso a creer lo que les dicen los políticos en campaña electoral, lo que ya es el colmo de la ingenuidad. Pero hablando de cosas serias, los seres humanos no tenemos remedio, y a menudo nos lo recuerda la crónica de la actualidad. Oía esta semana pasada en el programa de la bella Otero, que está haciendo furor entre la población un champú para los caballos que, al parecer, resulta ser buenísimo para los cabellos.
    Se trata de una historia que se repite periódicamente. Recuerdo que, hace tal vez veinticinco años un tipo extremeño la mar de espabilao se hizo rico con su fórmula magistral; contaba el hombre que había preparado un ungüento para aplicar en las patas dañadas de los caballos, una fórmula secreta, claro está, mezcla de hierbas, gasoil y no sé que otras porquerías, y había observado con gran sorpresa, que el pelo en las zonas tratadas crecía brillante y vigoroso. La milagrosa fórmula, esa que buscan con denuedo desde hace decenios, los más importantes laboratorios de medicina y cosmética de todo el orbe, había sido descubierta de manera casual por el humilde campesino. La difusión de la buena nueva, al principio boca a boca, llegó hasta la tele, me parece recordar que le dedicaron un programa e incluso sacaron el establo-laboratorio, un prodigio de I+D+I, en el que preparaba su milagroso crecepelo; allí se apilaban botellitas de todos los tamaños y formas que seguramente le proporcionaban sus vecinos, para envasar el producto y poder satisfacer los pedidos que le llegaban de toda España. Aunque a mí no me hacía falta -afortunadamente yo nunca he tenido problemas de ese tipo- conocí el asunto muy de cerca por un buen amigo que recuerdo que me comentó: Yo he pedido el mejunje, oye por probar no se pierde nada. Bueno nada no, se perdían tal vez 1.000 pesetas y un poco de sentido común. Como era de esperar, la cabellera de mi amigo no se vio alterada en absoluto por el potingue y tuvo el recorrido vital que estaba previsto en su código genético.   Esto del charlatán es un clásico que se va amoldando al ritmo de los tiempos. Debió ser por la misma época, tal vez precisamente al hilo de la noticia del campesino que quería dejar de serlo para pasar al mundo de los negocios, de los negocios sucios, dicho sea por lo del gasoil, que escuché otro programa de radio; puede que fuera, aunque no estoy seguro, de Carlos Fisas, aquél tipo tan majo que contaba por la radio “Historias de la historia”. Por cierto, hace muchos años que no sé nada de este hombre, del que recuerdo lo ameno y instructivo que resultaba escucharle. Bueno a lo que iba, relataba el cronista que a principio del siglo veinte apareció uno de esos crecepelos milagrosos y recordaba el gancho del anuncio que era buenísimo, una auténtica joya de la mercadotecnia y la tomadura de pelo, nunca mejor dicho por cierto. Decía más menos lo siguiente:
    “Con este producto empezará a notar los efectos pocos días después de iniciar el tratamiento
    ¡Advertencia!: Si comprueba un crecimiento exagerado del cabello, suspenda el tratamiento inmediatamente”

    Vamos que el único pequeño problema que tenía el producto era el posible efecto secundario de transmutarr al usuario en el hombre lobo si se pasaba en la aplicación. ¡Qué fuerte!              

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