642 págs más 4 de glosario (Vocabulario vasco-castellano).

Hubo de ser el ”boca a boca” lo que me empujó a abrir las páginas de esta novela, porque
el tamaño y la temática no acababan de convencerme. Pero el machacón “boca a boca”
terminó por vencer mi resistencia al libro gordo y ataqué decididamente esta novela.
¿Y con qué me encuentro?
Pues con una obra muy meditada, muy estudiada, con una profunda investigación y, por
supuesto, muy bien escrita.
Cuando acabé la lectura se me ocurrió consultar esa página que casi nadie mira (la
mencheta) donde va el copyright y otros datos como la edición del ejemplar, propiedad
del autor… Pues el caso es que terminaba de leer un éxito editorial, no porque lo diga la
gente sino porque había utilizado un ejemplar de la 25 edición ¡en tan sólo 14 meses!
¡Felecidades Sr. Aramburu! 25 ediciones no se consiguen así como así y menos en tan
corto espacio de tiempo.
Y dicho todo esto, es hora de entrar en materia.
En la novela se nos habla de dos familias, las dos caras de una misma realidad y los
avatares que sufren todos sus miembros a lo largo de los años que dura el conflicto del
terrorismo etarra y el pueblo vasco.

Dos familias y un crimen que está presente a lo largo de la extensa narración. Un crimen
con la firma de ETA, por supuesto. Y lo que se va narrando es la situación y la
ambientación en una población próxima a S. Sebastián en un tiempo anterior y posterior
al crimen y las consecuencias y repercusiones que este hecho tiene para ambas familias
y para todos y cada uno de los miembros de ellas.
La genialidad de la pluma de Fdo. Aramburu consiste en que siendo un largo periodo de
tiempo (digamos 30 años más o menos), los sucesos se narran siempre en presente
como si estuviesen sucediendo en el momento de la lectura, con lo que el lector tiene
la sensación de estar presente o presenciando los sucesos que se narran en ese
momento o entrevistándose con los protagonistas de una u otra familia.
No hay buenos ni malos; tan sólo víctimas por ambas partes, causadas por unas ideas
promovidas por quienes no sufren las consecuencias de unos actos derivados de
aquéllas. Tras la “ejecución”, la vida de los protagonistas directos se ve truncada, cosa
que no entraba en los cálculos de los ejecutores y tanto las familias como cada uno de
sus miembros ve que se ha abierto un abismo a sus pies, un abismo insalvable para
quienes antes eran amigos “de toda la vida”.

Por supuesto que no es una historia contada al uso, de forma lineal. Es un relato en un
ahora, antes, después, adelante, atrás tomando como referencia el presente y
pivotando siempre sobre el fulcro del crimen. Y es este hecho el que analiza el autor,
como fenómeno exportable a todas y cada una de las muertes ocurridas en el P. Vasco
durante los años que el problema o fenómeno ETA estuvo presente en la sociedad vasca.
Una muerte que no hay manera de justificar.
El autor nos expone una doble visión ante el crimen: quienes no pasan página y quienes
hablan de perdón, olvido, enterrar el pasado…porque a cada miembro o personaje el
“suceso” le ha afectado de forma diferente. El terrible suceso conmocionó tanto al
pueblo como a los protagonistas y supuso para todos un punto de inflexión en sus vidas
hasta el punto de que éstas ya no serán como habían imaginado.
En cualquier hemeroteca se puede encontrar información sobre los costes económicos
y humanos del problema ETA, pero reflejar los costes anímicos (dolor, odios, envidias,
cobardías, silencios, desprecios, miradas, reacciones…) que afectan a las personas
implicadas en el “suceso”, esas cosas ya no están a la vista ni en las publicaciones
periódicas de los medios de comunicación. Y son precisamente estas vivencias las que
intenta trasmitirnos F. Aramburu con esta novela. Para ello ha puesto en marcha todo
su buen saber hacer y creo que lo ha conseguido.

Si el lector descubre pronto que se siente atrapado por las vivencias de los personajes o
por la novela en general, pues es otra de las cosas que se dicen en ese “boca a boca” y
que también resulta ser verdad: la novela agarra, atrapa, no te suelta ni quiere soltarte
hasta que llegues a la última página. Ello se debe también a que los capítulos son
bastante breves, lo que incita al lector a iniciar uno nuevo tan pronto ha acabado el
anterior. Junto a esto se halla el hecho de que las descripciones son de lo más concisas:
cuatro pinceladas – muy bien dadas, eso sí – bastan y sobran para que la imaginación del
lector haga el resto y quede inserto el hecho (cualquiera que sea) en el ambiente que lo
envuelve.
Merece la pena, amigo lector, que hagas un esfuerzo por enfrentarte a esas 642 págs.
con la firme promesa de que no van a defraudarte. Es más: seguramente serás otro que
se suma a la larga lista de los que se dedican a hablar bien de la obra.

Juan J. Calvo Almeida.

Shares