Lo que en 1979 no dejaba de ser una noticia curiosa sobre la Naturaleza para el conjunto de los españoles, para unos pocos – entre los que se encontraba Miguel Delibes – era algo claro y terrible que les hacía estremecer.

Reconozco que a mí se me escapó esta obra en su momento; me ha llegado tarde pero no por ello ha perdido actualidad; parece recién salida de la imprenta y en plena consonancia con noticias que hoy se publican en periódicos, revistas y telediarios. Por ello podríamos decir de su autor que ya es todo un clásico. Si es así podemos afirmar la importancia de la presente obrita. La traigo a colación por dos motivos importantes:

Porque leer a un clásico siempre es un placer, un disfrutar de la lectura y del buen gusto y, en segundo lugar, por las ideas tan importantes que se exponen en tan corto espacio. Entre éstas destaca la capital que podríamos resumir así: ”estamos matando la gallina de los huevos de oro”.

Estamos devorando el planeta y nos olvidamos de que quienes vienen detrás tienen tanto derecho como nosotros a disfrutar de esta patria común llamada Tierra. No es de nuestra propiedad y nos comportamos como si lo fuera y, encima, la estamos dejando hecha una porquería, un asco.

M. Delibes resume de forma magistral tesis y sesudos estudios de investigación que, para cualquier mortal, resultarían poco menos que infumables y menos en un país tan poco aficionado a la lectura como es el nuestro. Pocos y muy escogidos ejemplos nos ilustran sobre el estado actual del planeta con casi cuarenta años de anticipación.

Hoy se nos dice, de vez en cuando y para que no nos asustemos, que si la capa de ozono, que si los hielos del Ártico, que si la Antártida, que los osos polares y las focas, que si los plásticos del Pacífico, que si la polución, que si la desaparición de los bosques… Hace casi 40 años que nos avisó M. Delibes y la situación del planeta no ha mejorado; es más ya estamos convencidos de que cada vez la cosa está más “cruda”.

Mientras nuestros gobernantes y dirigentes o estadistas mundiales se entretienen en cuestiones que parecen muy importantes cuando, en realidad y al paso que vamos, van a dejar de tener importancia alguna. Imaginemos a varios pasajeros del Titanic discutiendo sobre un partido de criket o de fútbol cuando el barco se está yendo a pique. Y es lo que está pasado hay en día.

Nos hallamos ya al borde de un precipicio, de un abismo cuyo fondo no se vislumbra y quienes lo saben y lo dicen son poco menos que silenciados y tachados de derrotistas, pesimistas, negativos, alarmistas sin necesidad, etc., etc.

Vamos irremisiblemente conducidos a un suicidio colectivo de forma subrepticia e inequívoca porque hemos alterado el fin, la finalidad de nuestro punto de vista. Hemos pasado de tener al hombre como punto de referencia a poner el dinero como meta final de nuestra existencia. Puestas así las cosas todo vale con tal de conseguir el dinero; que es necesario, sí, pero que no debe ser la única meta de nuestra vida.

Entre lo que aprovechamos, estropeamos o destruimos y lo que ensuciamos vamos a dejar este planeta para que todos clamemos como ya lo hizo alguien:

– ¡Que paren la Tierra, quiero apearme!”

En cierta ocasión leí una pintada en una pared: “Cuando cortéis el último árbol y contaminéis el último río, entonces caeréis en la cuenta de que el dinero no se come”.

Pocas veces y en tan pocas páginas se ha recopilado tal cantidad de verdades negativas que nos afectan tan directamente.

Juan J. Calvo Almeida.

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