Nos hallamos ante una comedia con tintes dramáticos.

Se trata de un trío de trabajadores (Morgan Freeman, Michael Caine y Alan Arkin) en situación de jubilados y cada uno con sus propios problemas familiares, amén de los achaques propios de la edad.

El caso es que nuestros “héroes” descubren con horror que la compañía para la que trabajaron 30 ó 40 años y en la que se dejaron la piel se halla en crisis y les va a dejar en la más miserable de las ruinas. Así que deciden vengarse de tal situación atracando el banco con el que trabaja su antigua empresa. Y manos a la obra. Total, para lo que nos queda de estar en el convento…

Allá van nuestros “héroes” y preparan el atraco al compás que la vida diaria y privada de cada uno prosigue su marcha como si no sucediera otra cosa. Y hasta aquí el esquema que se puede contar sin machacar el final.

Hemos dicho que se trata de una comedia y como tal resulta una película para entretener aunque hace resaltar un hecho que entra dentro de lo posible: la ruina de los jubilados, cosa que aporta un tinte dramático y supongo que es un detalle a tener en cuenta. El resto de la película es un conglomerado de situaciones que adornan el núcleo central con el ánimo de quitarle hierro al asunto; son un conjunto de escenas un tanto ridículas, trasnochadas y poco creíbles pero rellenan el conjunto y más o menos nos hacen reír. Y frente a éstas hay otras que son de una humanidad francamente relevante y que impactan al espectador. Es un pilar importante en el discurrir de esta historia.

La película en sí no vale gran cosa, pero se revaloriza gracias a esas tres figuras que le dan empaque y brío y que si no fuera por ellos la cinta pasaría totalmente desapercibida. No creo que durara una semana en cartel. La interpretación impecable es otro de los valores de esta cinta.

De modo que, amigo espectador, si no eres muy exigente esa tarde y quieres reírte un poco, pues adelante; en caso contrario elige otro título.

Juan J. Calvo Almeida.

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