Película de espías. Dicho esto, el lector debe ir preparándose para ver una cinta magníficamente presentada, con escenarios palatinos de la Rusia de los Zares, y todo lujo de detalles. Pero siendo película de espías  también ha de contar con que la acción es retorcida y, a veces, un tanto difícil de seguir.

La prometedora carrera de la primera bailarina del Teatro Bolshói de Moscú se frustra cuando, en una representación, la protagonista sufre un cruel accidente. Son momentos bellísimos los del ballet y tristísimos los del accidente en escena y casi merece la pena ver la película por esos momentos de ballet. Seguidamente, y una vez repuesta, nuestra protagonista ingresa en una escuela de formación para el servicio secreto ruso. Nuestra protagonista consigue salir airosa, como no podía ser menos, de los cursos de estudios. Todo ello, como es de suponer, según la imaginación de los americanos pues no creo que el servicio secreto ruso les haya permitido olisquear ni de lejos lo que se guisa en las escuelas de los agentes rusos, ni que el presidente Putin les haya dado permiso para meter las narices en las cocinas del Estado.

La exbailarina empieza  actuar en su nuevo papel en un asunto, como es de suponer,  contra los americanos: buscar un “topo” en la alta administración del estado Ruso, para rematar la actuación con una venganza personal sorprendente.

Con esto queda dicho lo más más importante del film y quienes gusten del género se lo pasarán “pipa” y dirán que es magnífica; los detractores dirán que es oscura, retorcida  y llena de excesivo misterio; el público en general disfrutará, aunque en algún momento le rechinen las cadenas.

En cuanto a la filmación y la fotografía  hay que reconocer que son espléndidas y que se lo han currado a base de bien.

 

Juan J. Calvo Almeida.  

 

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