• Para las Niñas del Orfelinato Divina Providencia de Abancay y que alguien se lo lea 

Lulu, que ese era el mote que sus amigos le pusieron, ya que el primer sonido que emitió al nacer en una noche de otoño, con luna llena y cuajada de estrellas, en el momento de abrir sus grandes ojos fue un u… u… u… muy lánguido, lastimero y entrecortado.

Pero eso sería una anécdota más de su vida que a él le resbalaba. Lo cierto es que Lulu, que vivía en lo más profundo y verde del bosque, cerca de una laguna oscura por la sombra frondosa de los árboles, llevaba una vida completamente diferente a todos sus amigos del entorno. Y es que, por ejemplo, cuando los ruidosos gorriones, al amanecer, saltaban alegres y juguetones de rama en rama o las ardillas corrían por los troncos de los árboles, él se escondía en lo más profundo del bosque y dormía sin que nadie y nada pudiera despertarle de su profundo sueño.

Por el contrarío, cuando el sol se ocultaba y dejaba el bosque en un silencio profundo, Lulu aparecía en la copa del árbol más alto, con sus ojos bien abiertos y grandes controlando todo el espacio y podía ver como sus amigos se recogían en sus casas, cerraban a cal y canto sus moradas y la serenidad de la noche era una especie de nube oscura que todo lo cubría.

Noche tras noche, en la cima del árbol, a Lulu se le hacía el tiempo muy largo y, como los colegíos estaban cerrados a esas horas, su cabeza empezó a pensar en llevar a cabo algo positivo durante tantas horas nocturnas que allí, en plan centinela pasaba y que su vida no fuera únicamente una meditación continuada y silenciosa.

Lo primero que hizo fue acercarse a la casa de su amigo nocturno, el único que tenía, que era un ruiseñor llamado Pipi y que cantaba maravillosamente y era capaz de ensimismar y hacer callar hasta las ruidosas ranas de la laguna cuando con su escalas arpegiadas entonaban arias y melodías inimaginables y hasta los mismo árboles más viejos del bosque eran capaces de emocionarse al escuchar semejantes cánticos. Así que se encaminó silenciosamente una noche cualquiera y le pidió que le diera clases de canto para poder imitarle y poder hacer algún dúo con él.

Pipi le miró un tanto extrañado, al escuchar la petición de Lulu, pues a decir verdad, su voz no estaba muy dotada para el bel canto y desafinaba tan notablemente que aunque Pipi le animaba noche tras noche, Lulu no progresaba adecuadamente y no era capaz de asimilar las lecciones del canto. Finalmente, Pipi, para no desanimarle, le sugirió que su voz estaba adecuada más para la cuerda de bajos que para la de tenor lírico que era su sueño.

En lo que si destacó Lulu inmediatamente fue en la faceta de rapsoda de poesías a la luna, a las estrellas, a los luceros, al alba, pues con sus grandes y fijos ojos era capaz de describir detalles que ninguno hasta entonces en el bosque había sido capaz de exponer en rimas de bella y melodiosa cadencia.

Sus versos, a veces, eran tiernos, como:

Hoy siento en el corazón

un vago temblor de estrellas

y todas las rosas son

tan blancas como ni pena …”. – Federico García Lorca –

Otras veces recitaba poemas completamente diferentes como:

“Dime por favor cuál es la noche

que no tiene el color de tu mirada;

cuál es el sol, que tiene luz tan solo,

y no la sensación de que me llamas …”. – Jorge Luis Borges –

En estas tareas pasaba Lulu sus noches y sus días.

Pero cierta noche, cuando la luna más brillaba, Pipi se acercó sigilosamente, como un sutil fantasma, llamó dulcemente a la puerta de su casa y le explicó que había recibido un mail – porque las aves también utilizan esta nueva tecnología – donde le pedían que ambos compusieran un villancico nuevo para que unas niñas de un coro – Cantoría Brotes Tiernos de Olivo – la interpretasen la noche de Navidad en una pequeña iglesia de Abancay, Perú.

  • Mira, Lulu, yo ya he compuesto una música muy bonita, pero necesito que me hagas una letra apropiada para esa melodía, ya que tu sabes mucho más que yo en esa faceta. Tienes que darte prisa, no lo olvides, pues las fechas ya están muy próximas a las Navidades.

Lulu no se lo pensó dos veces y en un par de noches llamó a Pipi y ambos cantaron el villancico del que eran autores ambos, uno de la música y el otro de la letra letra. Lo enviaron rápidamente a su destino vía mail.

La noche de Navidad, la luna y las estrellas brillaron más intensamente que ninguna otra noche y en una pequeña iglesia, unas voces tiernas entonaron el villancico de Lulu y Pipi y dicen, no tengo constancia de ello, que cuando la Hna. Sacristiana volvió a buscar algo olvidado, se quedó muda, atónita y extasiada al escuchar al Niño del nacimiento próximo al altar mayor que entonaba el villancico y que sonría feliz.

Juan José Davalillo

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