Esta exposición estará abierta hasta el 26 de Agosto. Consta de 66 obras comprendidas entre 1.888 y 1.945. Participan 29 entidades colaboradoras.

Tras dos visitas a la exposición me prometí escribir mis impresiones ante esos cuadros y aquí va el resultado. Pero antes debo invitar, necesito hacer publicidad de esta exposición, para que acudan cuantos más mejor a contemplar unas obras maestras.

Podemos empezar por leer el folleto de presentación y luego penetrar en la sala.

A la derecha un recinto expone 11 obras de una primera etapa localizada en los últimos años del S. XIX. Destacaremos la más antigua que corresponde a un Zuloaga juvenil, con sólo 18 años y titulada La fuente de Éibar. Es una obra de un nobel pintor llena de luz, figuras muy delimitadas, muy colorista y costumbrista que contrasta poderosamente con lo que será su tónica y estilo posterior. Junto a ella encontramos los retratos de Aurora Rivero y José Orneta (matrimonio) en los que se sigue viendo un academicismo que contrasta fuertemente con el retrato de Plácido Zuloaga, tío del pintor, y donde ya se ve lo que serán aspectos constantes de su obra y se aprecia también en Busto de Mujer, Charles Morice y su esposa, Cuatro mujeres junto al mar y Corrida de toros en Éibar.

Ya desde el principio se nota el cuadro de encargo y el de libre disposición, el cuadro que pinta porque sí sin que nadie se lo mande. Ejemplo de lo que decimos sería El conde Villamarid y Mi padre y mi hermana en París.

En la sala lateral a la anterior encontramos tres paisajes: uno de carácter rural y que nos invita a entrar en el mismo paisaje o acceder a ese ambiente y darse un paseo por él (Paisaje de Calatayud), y dos de carácter urbano: Una Vista de Toledo y una vista de la  catedral de Segovia. Mientras en el primero los diferentes elementos (casa, puente, murallas, río…) se ven perfectamente delineados, muy academicistas, en el segundo se nota a las claras lo que es su típico estilo – un  tenebrismo atenuado – que envuelve la catedral y el grupo de casas que representa la ciudad envuelta por las murallas bajo un cielo borrascoso.

Los ojos del visitante se van a tres obras impactantes por todo lo contrario: la luz que inunda las figuras de su hija Lucía y de su nieta Rosita, ambos cuadros dedicados a sus seres queridos; Rosita se ve dibujada por su abuelo por partida doble. Son cuadros que atraen como imanes. Y junto a éstas, otras con personajes familiares: Mi tío Daniel Zuloaga, que era ceramista y cuyo taller es un museo en Segovia sito en una antigua iglesia de San Juan de los Caballeros, Mis primas en el balcón y Mis primos Antonio y Valentine. En la sala se proyecta el dibujo de una obra que posteriormente analizaremos.

Abandonamos esta estancia y por el pasillo encontramos dos obras más: Casa en Tudela, casa de carácter urbano, con plaza, árboles y bocacalles y con ligeras influencias del impresionismo y Desnudo en rojo donde nos muestra a una maja, con clara influencia goyesca. A destacar el fino trabajo de un tul blanco-crema sobre fondo rojo oscuro del lecho a juego con las cortinas que dejan entrever un paisaje oscuro y cielo casi negro. El ambiente que rodea a la maja hace que resalte poderosamente la figura de la mujer.

Pasamos a la gran sala del fondo que se halla dividida con paneles en en varios espacios.

En el central se exhiben cuatro retratos:

Doña Rosita Gutiérrez, Adela de Quintana Moreno y El Cantor Búffalo. Los tres personajes vestidos en negro y con fondo más o menos oscuro destaca la cara, manos, brazo…En el retrato de Adela se demuestra la genialidad del autor. Tan sólo el cuarto retrato, Mª Teresa Llavallol, se sale un poco de la tónica anterior. Fondo más gris, vestuario más colorido destacando pliegues, un fulard que se difumina y busto de la señora.

A la derecha del espacio anterior, se pueden ver tres paisajes: uno urbano, Casas de Segovia, demasiado oscuro para mi gusto, y dos rurales que invitan nuevamente al visitante a colarse dentro del lienzo y permitirse un paseo por esa naturaleza: Paisaje y Paisaje de Alhama.

Dos obras más nos hablan de la dureza de la vida de aquel primer tercio del siglo XX: El tipo de Segovia y Muchacho castellano. Verlos es casi sentir dolor ante la desgracia de los personajes. Nos hablan de la miseria de aquella España.

Contrastando con éstos disfrutamos de la belleza y alegría, de los trajes, peinados y poses de El palco de las presidentas donde encontramos en un ambiente de fiesta un fondo que se repite: una corrida de toros en un pueblo. Este motivo aparece de nuevo en Los torerillos de Turégano y en el retrato de Belmonte como no podía ser de otra forma. En la sala predomina el tono oscuro excepto en Gitanilla de fondo liso y azul claro.

Cuando se abandona esta sala el visitante se halla ya rendido al arte de este maestro de maestros. Pero todavía queda el mundo de los retratos donde Zuloaga demuestra nuevamente que es un genio de los pinceles. En un espacio intermedio encontramos la nueva muestra de retratos:

Margarita Soriano Sáinz de Vicuña y Esther Rodríguez Bauzá son dos retratos muy meritorio en cuanto a la ejecución pero en ellos se echa a faltar ese tenebrismo que encontraremos en otros lienzos. Resulta curioso ver con toda claridad los paisajes que se pintaron como fondo del retrato, así como un cielo azul. En Mª del Carmen Gómez Acebo el paisaje ha sido sustituido por un fondo neutro en el que destaca y sobresale la figura de la señora. Los tres retratos contrastan fuertemente con el de Aga Lahowska donde ya aparece el tenebrismo y el de Blanca Barrymore  realizado a carboncillo.

Y queda un cuadro de especial significación para la C. Valenciana: el retrato de Ramón de la Sota y Aznar, financiero oriundo del País Vasco que promovió la construcción de la siderurgia saguntina y el correspondiente puerto. Si levantara la cabeza… El caso que éste es un retrato típico: señor con traje negro, bastón y sombrero en mano; fondo con paisaje del norte, muy bucólico, pero velado por una ligera bruma.

Finalmente el visitante se enfrenta al cuadro que pudo presenciar en la proyección de la sala segunda: La familia del pintor. Tela inspirada en el cuadro de las Meninas de Velazquez. Es la única obra en la que aparece el pintor, pues no hay ni un solo autorretrato y en ella podemos ver a tres personajes ya retratados con anterioridad: Los primos y su hija;  aparece un cuarto, su yerno. A la izquierda el autor sentado, paleta y pinceles en mano ante el caballete; a los pies de los modelos, un perro.

Y por fin se llega al fondo semicircular de la sala de exposiciones.

Nos encontramos con personajes conocidos por aparecer en los libros de texto de nuestro bachillerato – Azorín, Falla, Ortega – personajes de la Generación del 98 a la que el mismo Zuloaga pertenece, seguidos por otros amigos del autor: Ramón Gómez de Ayala, Fermín Arango, El escultor Beobide, El pintor Balenciaga y Pablo Uranga pintando. Ni qué decir tiene que todos son de una factura impecable. Magníficos.

De monumental e impactante por la arrogancia del gesto es el retrato imaginario de Juan Sebastián Elcano en colores más vivos y en contraste con el semioscuro fondo en el que destaca el pueblo de Guetaria, su isla y los acantilados.

Enfilando el último tramo de la exposición nos hallamos ante La Condesa de Motrico, acompañada por dos bocetos, Esther Rodríguez de Bauzá sentada en un lado del sofá, personaje que aparece por segunda vez y cuyo vestido es toda una lección del buen pintar, Manuel Falcó y Escandón y un joven José Mª de Areilza acompañado del boceto correspondiente. Los cuatro retratos destacan por su factura en claro frente al resto que se justan a la línea del autor. Son los de Alfonso de Churruca, Felipe Falcó, Leonor Servera Melis y Juan March. Este último personaje es posible que el visitante lo haya visto en alguna publicación. Se trata del financiero mallorquín fundador de la banca que lleva su nombre y titular de una fundación. También famoso por su colaboración en la financiación de la guerra civil a favor del dictador

Y con esto finalizamos nuestro recorrido por tan magna exposición.

Reconozco que seguramente estas líneas no estén a la altura que se merece la exposición y la figura de Zuluaga pero me hubiera dolido en el alma no haber, por lo menos, intentado homenajear a tan meritorio maestro.

Y cuando el visitante haya acabado el recorrido convendrá conmigo que habrá visitado y admirado la obra de un auténtico maestro del lienzo y los pinceles.

Juan J. Calvo Almeida.

Shares